La historia del psicoanálisis se escribe en el futuro anterior. Lacan lo formula en su Discurso de Roma: “Lo que se realiza en mi historia no es el pretérito definido de lo que fue, puesto que ya no es, ni siquiera el perfecto de lo que ha sido en lo que yo soy, sino el futuro anterior de lo que habré sido para lo que estoy llegando a ser”.1 En la erótica del tiempo no se trata de la aceleración ni de la sincronía perfecta, sino del tiempo necesario para que una palabra produzca sus consecuencias.
La Escuela nace de un llamado a los trabajadores decididos: una decisión ética de sostener la formación y asegurar la reconquista del campo freudiano. Esa orientación encuentra en la transferencia de trabajo la causa de una transmisión que se realiza de uno a uno y que buscamos verificar en el corazón mismo de cada final de análisis.
Pero el pase introduce un desplazamiento. El final del análisis no consolida una identificación colectiva; produce lo que Lacan llamará los dispersos descabalados. La caída de las identificaciones no extingue el trabajo: modifica su causa. La transferencia ya no se sostiene solamente en el amor al saber, sino en el real singular que cada enseñanza de pase introduce en la Escuela.
Los dispersos descabalados, solos respecto de toda totalidad, pero decididos a relanzar el trabajo de la Escuela, no suceden a los trabajadores decididos: revelan lo que esa decisión implicaba desde el comienzo.
Así, más que heredar un pasado, a(r)man el presente.
1 LACAN, J. “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. Escritos 1. Ed. Siglo XXI. Argentina,1988. Pág 288.