Recientemente, Jacques-Alain Miller planteó la pregunta “¿Qué quiere la Escuela? Y fundamentalmente: ¿qué Escuela quiere ser?”. El contexto de esta cuestión se sitúa en un momento de lucha de la ECF contra una enmienda que atacaba específica y brutalmente al psicoanálisis, lo que constituyó la ocasión de una lucha llevada a cabo en y por la ECF. Otros ataques posteriores confirmaron esta ofensiva abierta contra el psicoanálisis, en particular contra el tratamiento del autismo.
¿Qué Escuela queremos que sea una Escuela al servicio del psicoanálisis de orientación lacaniana, que asegure las condiciones de su existencia? La cuestión se puede entender como la de la articulación del trabajo de Escuela con la acción lacaniana.
La movilización necesaria, el fuego de la acción, pueden en ocasiones hacernos perder de vista hasta qué punto el psicoanálisis está ligado a la política. Es un error querer oponer el árbol verde de la experiencia analítica a la grisura de la acción de aspecto guerrero.
El texto de Lacan La dirección de la cura… nos ofrece, para empezar, una brújula para orientarnos en la materia. En el corazón de la experiencia, Lacan sitúa la política a través de la acción del analista. “su acción sobre el paciente se le escapa junto con la idea que se hace de ella, si no vuelve a tomar su punto de partida en aquello por lo cual ella es posible, si no retiene la paradoja en lo que tiene de desmembrado, para revisar en el principio la estructura por donde toda acción interviene en la realidad”. Lacan distingue aquí la política como aquello que trata de las finalidades del análisis y sitúa el nivel operativo del analista, los efectos de su acción en la relación con el ser. Así, para Lacan, no hay oposición ni antinomia entre política y psicoanálisis. Por el contrario, sitúa la política en el corazón de la experiencia.
Desde esta experiencia, desde este lazo social totalmente original que es el de la cura, se requiere una posición para preservar la propagación del discurso analítico. Esta posición compromete a los analistas en la acción y, desde luego, no en una observación pasiva del espectáculo del mundo. La acción está al servicio del discurso analítico, del mismo modo que la Escuela es un medio al servicio de este discurso: eso es lo que funda una causa. Aquí, la causa analítica pone en juego una relación con el ideal necesariamente. Los significantes movilizados arrastran ciertamente su lastre imaginario, pero ¿podemos prescindir de ellos?
Lacan se decía realista, en el sentido de la lógica. Encuentra en Hegel el principio, digamos, de un «realismo superior» que consiste en fijarse en las condiciones concretas, prácticas, de realización de la cosa a alcanzar. Esto es, en el contexto actual, preguntarse en qué condiciones es posible la experiencia analítica. En resumen, extraer las consecuencias de un contexto dado, estudiar con precisión la relación de fuerzas en juego y juzgar qué acción llevar a cabo. Optar por inscribirse en el movimiento de la democracia (y no retirarse de él en nombre de la extraterritorialidad del alma bella psicoanalítica) y, desde ese lugar de debate, introducir una subversión. Como el psicoanálisis tiende a desidealizar la política, su influencia es la de un contagio por la causa del deseo.
1 _ Jacques-Alain Miller, “Tutti quanti”, L’École-débat n°13, diciembre 2025.
2 _ Jacques Lacan,” La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 20229, p. 563.
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Traducción: María Guardarucci